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La Sinagoga o Shil (en idish)

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El Shil

El Shil queda en la calle Paraguay, la Escuela y el Shil están al lado uno del otro. Yo fui a la Escuela judía durante el Jardín de Infantes e iba también al de la Escuela Pública, hacía doble turno. Parecía que mi madre trabajaba y no podía ocuparse de nosotros, pero la realidad es que nunca trabajó fuera de casa. Parece que querer, quiso, pero mi padre no era de la idea. La razón de que seguramente mi hermano también, hiciésemos dos Jardines de Infantes, en dos colegios distintos, para que estuviésemos fuera de casa por la mañana y por la tarde, era para estar sola con sus cosas. Pobre mamá, estaba enferma de los nervios.  Cuando cumplí 6 años, mi madre me quitó de la Escuela judía y a ella volví con 13 años a cursar los estudios secundarios.

El Shil es hermoso. Digo es, porque aunque la última vez que lo visité habrá sido por mi casamiento, el 10 de enero de 1982, el Shil es una realidad que sigue existiendo. Como decía es hermoso y los recuerdos que tengo de él, son en su casi totalidad muy hermosos. Creo que porque el Shil es para el judío no sólo lugar de Liturgia, sino también de encuentro social. Tengo la impresión de que para las celebraciones como por ejemplo el Día de la Independencia de Israel o la Liberación del Ghetto de Varsovia, el espacio se dividía en dos y se convertía en un salón, que inclusive se llegaba a utilizar para fiestas.

Me gustaban las baldosas de la entrada, que se extendían hasta diez o quince metros. Antes de llegar al fondo, estaba la puerta de entrada al Shil propiamente dicho y más al fondo había unas escaleras que conducían a oficinas. Todo era brillante y lustroso…

Creo que cerca de la gran puerta de entrada, hay otra, algo escondida, que conduce a los palcos para las mujeres. Durante los Oficios religiosos las mujeres debíamos estar en ellos, sólo los varones ocupaban la nave central.

Son varios los recuerdos que tengo, los que me tocaron y quedaron grabados en mi corazón… algunos todavía no los comprendo del todo, otros se me aclararon cuando conocí la Revelación en la Nueva Alianza  y comencé a leer el Evangelio.

En el Shil, era difícil conseguir silencio, aun durante el oficio. Una vez, seguramente un Iom Kipur, estaba con mi madre y mis tías en el palco. En Iom Kipur se realizan uno de los ayunos. Las mujeres se pasaban “caramelitos” por debajo, y además del cuchicheo, se escuchaba el ruido de los papelitos. El Jazán, que es el hombre que canta en las celebraciones, comenzó a pedir silencio. Tuvo que insistir más de una y otra vez.

De repente comencé a sentir en mi interior una indignación que crecía y crecía y parecía que iba a explotar. No la entendía. No entendía que me enfadara tanto. Mi madre no llevaba el ayuno a rajatabla, o sea ayunaba solo desde la mañana, hasta que volvía del Shil, así creo que la mayor parte de mi familia.

Hasta ahí, con mi poca cultura religiosa parece que lo podía entender, pero que no se cuidasen cuando estaban dentro del Shil y mas aún durante la Liturgia… Yo sentí en mi interior una ira, una emoción desconocida  ¡No entendía por qué me era para tanto!

La entrada al Shil, con esas baldosas de granito brillantes en blanco y negro que se extendían esos diez o quince metros hasta el final, me parecía un espacio infinito. Como Dios.

En el Tabernáculo no está el Señor Jesús, sino los Rollos de la Torá, los Cinco Libros Sagrados del Judaísmo. No, no está la Presencia viva del Señor en la Eucaristía. No está, pero está el Espíritu, porque Él no ha roto la Alianza con el Pueblo Judío. Además Él está como está en todos lados… Y con más razón en los Tabernáculos de las Sinagogas y mi madre y mis tías, parece que no sentían su presencia y faltaban al Señor, Dios de Israel.

Después de mi Bautismo, la primera vez que leí en el Evangelio, el versículo que cuenta cómo Jesucristo se airó en el Templo, frente a los mercaderes que habían convertido la Casa de Oración en un mercado, comprendí entonces la experiencia de aquel día en el Shil.

Yo no tenía tiempo para convertirme en una judía piadosa y practicante, porque el dolor, la opresión y la duda habitaban en mi corazón y ya era yo como un coche con mucha gasolina, que al darle a la llave arranca como un fuego muy encendido, pero se apagaba enseguida, porque perdió la confianza.

Desde hoy doy gracias a Dios, que de los males saca bienes, pues a veces pienso que si hubiera sido una judía piadosa, quizás nunca hubiese recibido la Buena Nueva de que Dios mandó a su Hijo, como el último de los Profetas, Dios y Hombre verdadero, para abrirnos las puertas del Cielo y de que Él es Uno y Trino… Por eso no me quejo de nada de lo que en mi vida me sucedió, tampoco del abuso del pederasta. Como dice la Liturgia de la Vigilia Pascual, ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! ¡Amén! ¡Aleluya!

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Acerca de Gabriela

Para mí en la vida lo más importante es mi deseo de ser feliz, mi trabajo es trabajar para conseguirla, mi felicidad. Mi esperanza es Jesucristo y la Virgen María. Para mi ser feliz es poder reír con el que ríe y llorar con el que llora, en paz.

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