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Archivo del Autor: Gabriela

Mi Blog tiene que tener una Patrona…

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             Santa Edith Stein

 

         

  En la Cruz está la Vida y el Consuelo, letra de la Poesía de Santa Teresa de Jesús, Reformadora de la O.C.D.

 

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, es desde que la conocí, una amiga que me ayuda con fuerza a ser fiel a Dios y a ser conciente de lo que debe significar ser judía conversa. Una responsabilidad en el Misterio de Amor, un don del cual emana una infinita gratitud, una conciencia de que se me dio mucho y mucho entonces tengo, debo, quiero devolver a Dios, Uno y Trino y a la Santísima Virgen. Con sencillez, con mi nada algo llena de la gracia de Dios, a pesar de mis viejas vestiduras, que tanto me cuesta ir dejándolas…

Con alegría, con mucha alegría de poder dar testimonio del Dios Vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo,  en medio de los contentos y penurias de cada día.

Vísperas de la Solemnidad de Pentecostés.

“Nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la
vida y la muerte de Edith Stein, hija extraordinaria de Israel e hija al mismo
tiempo del Carmelo, sor Teresa Benedicta de la Cruz; una personalidad que
reúne en su rica vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de
una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy…; síntesis
al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo
inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios”.                                                                                                   

Estas palabras fueron pronunciadas por el Papa Juan Pablo II con ocasión de la beatificación de Edith Stein en Colonia, el 1 de mayo de 1987.

 

Os invito a visitar la Web de la Santa Sede, donde podéis leer una Biografía completa de santa Edith Stein.

Tabla de las Canonizaciones realizadas

Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad.

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Algo pasó en mi vida, mejor dicho comenzó a pasar, ahora hace ya unos 13 años, allá por 1998. Yo vivía en Blanes, me había divorciado hacía 3 años. Tenía en la cabeza un no sé qué de cosas que decían, sigue adelante. Pero, ¿A dónde?

Tenía deseos de hacer miles de cosas… o una, pero no sabía cual. Mi naturaleza estaba muy herida, mi afectividad, desde hacía mucho, desde los 6 años, además de las heridas recientes. Así que estaba armada de fuertes defensas para la vida, que además de defenderme me impedían vivirla plenamente.

Lo que comenzó a pasar, lo hizo en medio de las vicisitudes. Así se presenta Dios en nuestras vidas… Yo comencé a notarlo, Jesús comenzó a hacerse el encontradizo…

Llegué a España en el año 1986, en octubre, a finales. Justo era el cumpleaños de mi madre, así que me fue muy fácil recordar la fecha. Volé con mi niño en mis faldas, apenas tenía 20 meses. Su padre nos esperaba en Madrid, él había emigrado un mes antes para preparar el nidito, pues nuestro hijo era un bebé.

Corría el mes de diciembre de 1997 cuando me fui a trabajar a Girona y conocí a Neus. Ella se sorprendió de que yo fuese judía y como por hacer algo distinto o no sé para qué, comenzó a llevarme a alguna que otra actividad de la Iglesia Católica. Neus no era una católica practicante, ella era una gran buscadora, por todos lados. Una mujer bondadosa y muy generosa. 

Neus fue entonces el primer instrumento humano del cual se sirvió el Amado de las almas para comenzar a atraerme hacia Él. No se valió el Señor de una persona comprometida con N. S. Madre Iglesia. Yo entiendo, con mi entendimiento humano, que fue por dos razones: Una, para enseñarme desde el principio que Él es Señor de todos, aunque respete nuestra libertad y dos, porque Jesús me conocía desde siempre… y sabía que conmigo debía actuar con mucho sigilo, porque sino yo podía salir corriendo…

Algo pasó en mi vida, mejor dicho comenzó a pasar… ¿Ahora hace ya unos 13 años? No, no… comenzó a pasar el día que nací, el 6 de diciembre de 1960. Yo, como nuestro hermano en la fe, san Agustín, también, si quiero testimoniar abiertamente a Cristo, tengo que decir como él, que Dios, Uno y Trino, estaba en mí, más yo no estaba con Él…

Pisando con pie de plomo…

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Un día de abril o mayo de 1998, estaba una tarde en Blanes -aclaro que no soy muy buena para recordar con orden cronológico los acontecimientos de mi vida- caminando por el Paseo Marítimo, hacia un barrio que se llama Los Pinos, donde había una Parroquia. Como era de barrio estaba alejada del centro. Yo quería entrar y arrodillarme en los bancos. Pensaba que  faltaba algún tiempo para la hora de Misa, esa hora en que se juntaba más gente. Entonces me iba a poder arrodillar sin que nadie me viese, que era lo que quería. Poco sabía yo de la Misa o Eucaristía, pero estaba asistiendo a ella todos los días por la tarde en la Iglesia del centro, dedicada a Santa María. Las abuelitas que iban a diario creo que me miraban extrañadas, pues no me acercaba a comulgar, no estaba bautizada, para ello faltaba mucho tiempo aun…

La Eucaristía fue mi primer catequesis, yo observaba al sacerdote, que era el coadjutor, ya era muy mayor y le faltaba algún diente… se llamaba como un Rey Mago. Escuchaba sus palabras, en catalán y me costaba un poco. Le seguía sus gestos, mis ojos iban del Sagrario a la imagen de la Virgen y de la imagen de la Virgen al Sagrario. Me preguntaba con curiosidad qué había dentro del Sagrario, qué era esa circunferencia. Así iba yo pensando, tenía vergüenza de arrodillarme. ¿Ante qué me arrodillaría? ¿Ante alguien? ¿Dios? ¡Qué lío tenía en la cabeza y en el corazón! Pero me llamaba mucho el deseo de probar del Agua Viva, tenía mucha sed, estaba muy sedienta y necesitaba averiguar,  conocer…

Llegué a la Iglesia y estaba abierta. Y vacía… busqué un sitio protegido por la penumbra y me senté, al rato me arrodillé, y miré hacia el Sagrario. La conversión es un misterio… Por mis miedos, los mismos que tengo hoy, pero que actuaban a sus anchas, iba con pie de plomo… Miedo a la entrega,miedo al engaño, miedo a ser tonta. Y si no había nada, nadie… Sin embargo, Jesús que es el Amado de nuestras almas estaba ahí y me susurraba al corazón, su silbo amoroso que va curando el ser entero.

Tiempo después leí la autobiografía de Thomas Merton, monje trapense, escritor y poeta, un gran converso,

 

fue asombrosamente bello y consolador el parecido que encontré leyéndola, se llama “La montaña de los siete círculos”, pues Thomas también tuvo momentos en que sintió vergüenza, él lo confía en su libro.

Al tiempo que esto estaba sucediendo, mi vida seguía su ritmo. ¡Esto me pasaba en medio de lo cotidiano!

Mi hijo tenía 13 años y vivía con su padre. Nada de lo que me acontecía era secreto para él, según su edad. Un día que lo acompañé hasta la puerta de la casa de su padre me dijo:

–Mamá, si alguna vez llegas a rezar estando conmigo, voy a negar que eres mi madre. Y al tiempo pensé: No te enfades. Me dolió, pero sentí, como sigo sintiendo hoy, que mi vida, nuestras vidas, están en las manos de Dios y mas tarde comprendí que Santa María y San José también están alimentándonos con su calor y su amparo. Como madre tengo muchos fallos, uno fue ser “atea” y así crié a Miguel, mi hijo. Le enseñé a amar la naturaleza, a asombrarse por su belleza y variedad y a respetarla… él nunca jugó por ejemplo a dejar sin cola a las lagartijas. Pero como dice un Himno de la fiesta de la Transfiguración, ni siquiera tuvo alguien que le enseñara a recitar el Padrenuestro…

No creáis que hay sólo tristeza en estos recuerdos, hay mucha ternura al mismo tiempo, porque Dios nos ama a todos, a pesar de todo y su amor es acción, actúa, consuela efectivamente y anima.

¡Como María!: Ella esperó a pesar de toda desesperanza.

Había un cuadrito…

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Había escrito que al dolor hay que abrirle las puertas de nuestra conciencia, mejor temprano que tarde. Al menos es de desear que suceda.

A los recuerdos creo que no hay que tratarlos con sumo rigor científico. Quiero decir que lo que pesa en ellos es cómo los recordamos, si con alegría o con dolor, más que su veracidad. Tengo miles de recuerdos dolorosos y otros miles alegres. Pero los dolorosos me influyeron de manera distinta, por ejemplo me dieron miedo y a novecientos noventa y ocho los quise reprimir y los reprimí, pero ellos siempre lograron asomarse a mi conciencia.

En mi casa, a partir del año 1967 comenzaron a escucharse muchas discusiones, todos los días. Ocurrían casi siempre cuando mi papá volvía del trabajo. Es que por aquel tiempo su carácter cambió. Se volvió iracundo y tornadizo. Así si no encontraba el boli en su sitio, o abría la nevera y encontraba que el queso estaba mal cortado o entraba al baño y la esponja no estaba en su sitio, me llamaba. El fin de semana cuando los cuatro comíamos juntos, era raro que acabáramos pacíficamente, era más común que mi madre acabara tirando la comida a la basura y me quedara sin comer.

Cuando mi padre se enojaba, se transformaba en un monstruo, yo corría por toda la casa, para escaparme de él y me refugiaba en el baño que rápidamente cerraba con el pestillo. Una vez creí que si me metía en la cama al revés y quedaba toda tapada, le iba a despistar.

Cuando pasaron los años, yo dejé de llorar. Entonces un día de esos, encerrada en mi habitación por los cuatro costados, me apercibí de que en una esquina, en la pared, había un cuadrito. Me acerqué y vi que había una poesía. La leí y era una poesía a la madre. Recuerdo que al comienzo me daba rabia, porque mi mamá no me defendía de mi papá y tampoco me levantaba cuando me caía, ni me consolaba cuando lloraba. Pero con el paso de las discusiones, el cuadrito que estaba entre dos puertas, la que daba al comedor y la del patio, comenzó a consolarme. Me acercaba a él, leía la poesía y en mi corazoncito salía un solecito calentito.

No sé dónde habrá ido a parar ese cuadrito, ni siquiera me acuerdo de la poesía. Si me acuerdo muy bien de su aspecto, era viejo y estaba enmarcado de dorado, muy sencillo, muy liviano.

Cuando conocí a la Virgen María, no sé cuando, si en mi conversión o en mi niñez -porque una vez mi mamá se burló de Ella, de su virginidad, debía tener yo 9 años y me dolió muchísimo,  como si María fuese mi Madre- reconocí en el cuadrito aquel a Ella, estoy segura que fue la que me lo descubrió y también tuvo que haber sido la que movió a quien fuera a ponerlo justo ahí. La poesía a la madre me prestó gran ayuda durante mucho tiempo, recurrí a él muchas veces en medio de gran desolación y siempre salía el solecito en mi corazón… Gracias María, Madre de todos los hombres.

Nunca recibí durante mi infancia y adolescencia información seria alguna sobre la Fe cristiana. Sólo tenía alguna referencia: los católicos se habían equivocado y creyeron que ya había llegado el Mesías… los goiens. Palabra en yiddish, que significa paganos y que designaba a los católicos o a los no judíos.

Un día, un papá muy ocupado…

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Al poco tiempo de haber tenido la experiencia dolorosa del mal, nos mudamos, así que la división me quedó aún más señalada. La nueva casa estaba organizada, digamos a partir de un pequeño y muy hermoso patiecito, el cual tenía un toldo de aluminio, que se abría en láminas. Mi madre lo tenía lleno de plantas, a ella se le daban estupendamente, tenía lo que se dice mano para ellas. Un día conté las macetas que había sólo en el pequeño patio central de mi casa y eran cerca de ochenta. No le restaba mucho tiempo del día ocuparse de ellas, había una gran variedad, y así y todo las tenía hermosas y el pequeño patio resultaba muy encantador, de hadas… Este tenía una escalera de cemento que iba a la terraza y debajo de la escalera había un armario, era de mi padre. En ese armario él guardaba sus herramientas y tenía un sinfín de frascos y frasquitos con toda clase de tornillos, clavos, tuercas, arandelas… será por eso que siempre me fascinaron las Ferreterías, desde ya no me desagradaría poner una…

Era domingo, sonaba en el antiguo combinado la música preferida de mis padres. Yo, que debía tener unos 10 años, buscaba la ayuda de alguno de los dos. No me acuerdo para qué, entonces recurrí primero a mi madre, que me mandó a mi padre. Estaba de espaldas, agachado, ocupado en su armario, en sus queridos tornillos, tuercas y esas cosas, que las tenía perfectamente ordenadas, como excelente bancario que fue. Mi padre, todo angustiado me respondió:

–Ahora no puedo. ¿No ves que no soy Jesús? ¡No puedo hacer todo a la vez!

“¡Ah! Me dije a mí misma y me di la vuelta pensativa

¿Quién será ese Jesús que lo puede hacer todo?””

Hay cosas, que se me quedaron grabadas en el corazón, que tan tarde las iba a comprender…

“La única vez que de niña visité un Templo católico”

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Alcira era una amiga de mi madre. Una mujer de unos 45 años quizás, cuando la conocí. Era católica y peronista, o al revés mejor. No vivía en la ciudad, sino en Carcarañá, un pueblo a unos 150 km. de Rosario. Debido a su trabajo venía todas las semanas, pues ella con su marido tenían un negocio de motos y bicicletas. Como necesitaba comprar repuestos, al tiempo los comerciantes de su pueblo comenzaron a pedirle que también a ellos les comprase, entonces Alcira se hizo con el oficio de Comisionista.

El trabajo lo hacía por la mañana y al acabar venía a casa, comíamos juntas y luego mi madre y ella jugaban a las cartas,  miraban la telenovela y  a menudo me incluían a mí en sus partidas de chin-chon. Después Alcira se iba a la Estación de autobuses. No tengo ni idea de cómo comenzó la amistad entre mi madre y ella. Alcira era una mujer vasta, a mí me llamaba la atención, ahora que lo pienso, que trabajara en un oficio que para aquella época era muy raro que lo haga una mujer. No sé decir si era una buena mujer, tampoco de que fuese mala, no.

De vez en cuando íbamos en familia el fin de semana a visitarla al pueblo y en vacaciones mi madre me mandaba quince días sola, a casa de Alcira y su marido, Ernesto. Una vez la invitaron a algo en la Iglesia del pueblo. Creo que debido a que éramos judíos, le pidió permiso a mi madre para llevarme y evidentemente mi madre se lo dio.

Recuerdo en casa de Alcira, preparándome para ir a la Iglesia, debía ser pequeña yo, quizás siete años o menos… No sabría decir si fue antes o después del día en el cual conocí el Mal en mi pequeña historia de salvación, pero se me hace que fue después, por el miedo que pasé. Estaba con Alcira en el dormitorio y ella se cambió en frente mío, me asusté mucho, a partir de ese día me cuidaba  mucho de no estar en el dormitorio mientras Alcira se cambiaba y menos su marido. Son cosas que en mi casa no sucedían.  Luego me acompaña el recuerdo yendo a la Iglesia, que era como en todos los pueblos, en la Plaza Mayor, donde también estaba el Colegio y la Municipalidad. El recorrido fue corto, Alcira vivía en la calle principal que era la única ancha del pueblo. Caminaba al lado de ella, nerviosa, sin saber ni entender nada. Me pregunto cuántas veces los niños caminamos así de solos y abandonados, al lado de los adultos sin saber ni entender nada.

Una vez dentro recuerdo que había mucha gente y que nos sentamos bastante detrás, porque desde allí no podía ver lo que sucedía, no podía ver a “ese señor” que ocupaba el centro de atención. Claro, era el sacerdote, nunca supe si estuve en un Bautizo o Confirmación, una Boda seguro que no. Veía a “ese Señor” muy mal, la gente me tapaba. Yo me afanaba en ver, sentía mucha curiosidad, pero era una misión casi imposible. Ahora estoy segura que fue después de ese día, porque quería entenderlo todo, tenía mucho miedo de pasar por tonta. Miraba a las personas e intentaba imitarlas, si se levantaban, yo me levantaba… pero en un momento vi que hacían algo raro, algo con sus manos en sus caras. Me habrá salido muy mal el signo de la cruz, porque de vuelta en casa con mi mamá, lo comentaron y se rieron de mí. Tengo el recuerdo que aludieron al asunto del judaísmo. Me dolió que se rieran de mí, yo me había esforzado por hacerlo lo mejor posible.

Pero más allá de mi madre y Alcira, jamás se borró de mi conciencia el momento en que me persigné, es un recuerdo especial, vivo, misterioso… no es alegre o triste, sino algo así como un aviso o caricia del Señor Jesús, que ya estaba conmigo. Seguro que a Dios le gustó.

Después de la Iglesia, fuimos a la casa de unos amigos de Alcira y Ernesto y estaban mirando en la tele una serie que se llamaba “El hombre que volvió de la muerte” Era de miedo, alguien dijo de cambiar el canal por mí, pero la siguieron viendo. Las imágenes me asustaron mucho y todo el camino de vuelta, sufrí imaginándome a ese monstruo aparecer de entre las sombras. El demonio me había herido… pero cuando tuve noticias de la Resurrección de Jesús, Dios y Hombre verdadero… ¿Dónde estabas Jesús? ¡Te amo! Tú, Cristo Jesús, eres el ayer, el hoy y el mañana, la Eternidad…

Dios me dio psicoanalistas, psicólogos, terapeutas, para mi necesidad de encontrar… ¡la verdad!

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A Santa Teresa le dio sacerdotes, a mí como no era hija de la Iglesia, no me los dio. A mí me dio psicoanalistas, desde los 18 años, hasta después del Bautismo… y después me volvió a dar psicólogos y no me quitó los sacerdotes. Eso que yo le había  dicho al Señor, en un rapto de amor, que ya nunca más iba a ir a la consulta de un psicoanalista, ni terapeuta, que desde “hoy” Él sería mi Terapeuta. Por aquella época yo mantenía un prejuicio sobre los psicólogos, me imagino que heredado de Argentina, donde triunfó el psicoanálisis.

Pues Jesucristo es Médico de las almas… pero su Voluntad iba a ser otra: Valerse de los Profesionales de la Psicología, como instrumentos de mi “caminito de sanación” Si, hace poco me consolé muchísimo pidiéndole prestado a santa Teresita del Niño Jesús lo de caminito, ella que es tan buena, me lo prestó muy alegre y contenta…

 camino en grises

A los 6 años un hombre desconocido… luego mi mamá, sin darse cuenta, asustándose mucho, profundizó la herida múltiple. 

No hay que  elucubrar, lo único importante es que esa experiencia desvió la ruta que hasta ese día andaba, mi vida cambió drásticamente e imprimió carácter en mi personalidad. Sin darme cuenta, comencé a dudar de la existencia del amor.

Al mismo tiempo, simultáneamente entró el Misterio, entró Dios, que es Amor y me acompañó siempre, a sol y a sombra. Aunque claro, como Él quiso y quiere… y querrá.

niño dolorido1

El dolor se presenta, pero tardaré una vida para identificarlo y otra para digerirlo y otra y otra y todavía…

El dolor es un sentimiento que de por si lo llena todo y me deja muda.

El dolor, el amor…  se envuelven el uno al otro. El amor al dolor, el dolor al amor.

Lo que pide el alma cuando se presenta el dolor, es que le abramos las puertas de nuestro corazón y le hagamos espacio.

El dolor necesita espacio en nuestra conciencia, para darnos cuenta qué nos duele y tiempo para vivirlo y desahogarlo…

Lo importante es que quede clarísimo que así entró Dios en mi vida,  haciéndose compañero de camino, animándome a seguir buscando la verdad, así, así… Sígueme, como a los discípulos.

No fui yo que le busqué.

Mis padres iban a la Sinagoga sólo los días señalados, Rosh Hashaná , Iom Kipur , para los Bar Mitzba que nos invitaban, cuando fue el de mi hermano y para los casamientos… Pero en mi casa no se hablaba de Dios.

¡Mis padres no eran creyentes!

Dios y la Virgen su Madre vinieron a mi corazoncito, en silencio y su amor me movió, alimentó mi deseo de saber. Así sin entender entendiendo, fui emprendiendo mis búsquedas a la espera de la verdad. Muchísimas veces me siento aun hoy casi derribada, me quedo casi sin aliento y Dios me levanta.

Hoy es claro como el día, aunque es de noche, porque gracias a Él, ya soy hija de la Iglesia.

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