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¿Es posible una nueva evangelización?

Sobre el Sacramento de la Reconciliación, sobre la Dirección Espiritual y sobre la Psicología, desde mi experiencia como católica y como paciente.

Un día leí que el ahora amado Beato Juan Pablo II, decía que el SXXI iba a ser una “nueva primavera para la Iglesia en España”.

“Al inicio del tercer milenio, la Iglesia que camina en España está llamada a vivir una nueva primavera de cristianismo, pues ha sido bañada y fecundada con la sangre de tantos mártires. Sanguis martyrum, semen christianorum! ¡La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos!

(Tertuliano, Apol., 50,13: CCL 1,171). Esta expresión, acuñada durante las persecuciones de los primeros siglos, debe hoy llenar de esperanza vuestras iniciativas apostólicas y esfuerzos pastorales en la tarea, no siempre fácil, de la nueva evangelización. Contáis para ello con la ayuda inigualable de vuestros mártires. Acordaos desu valor, “fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe.
Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre” (Hb 13,7-8).”

BEATIFICACIÓN DE LOS SIERVOS DE DIOS

JOSÉ APARICIO SANZ Y 232 COMPAÑEROS  MÁRTIRES EN ESPAÑA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 11 de marzo de 2001

Entonces me vino a la cabeza la idea de que esa nueva evangelización podría llevarse también a cabo desde los confesionarios. El Beato lo decía por la sangre de tantos mártires derramada en el SXX, que como semillas de Cristo, germinarían en el Tercer Milenio…

¿Cuando pensamos en evangelización, pensamos en catecúmenos? Una Iglesia, la nuestra,
siempre encinta, siempre dando vida a través del Bautismo a nuevos hijos. Esto es maravilloso,                      pero los hijos una vez que nacen
necesitan ser alimentados en la Vida Teologal y
Sacramental, para que Cristo crezca en sus mentes, almas y corazones. Esto sirve para los nuevos 
hijos que tienen la dicha de recibir el Bautismo a los días de nacer, como a los que lo recibimos más grandecitos. Todos somos regados por la sangre de los mártires de Cristo, para que le  pidamos insistentemente al Espíritu Santo que vaya haciendo en cada uno de nosotros la obra de Dios, nuestra santificación.

¿No necesitamos ser evangelizados otra vez, constantemente? ¿Qué analogías existen entre la evangelización y la conversión? ¿No es una motor de la otra?

Especialmente en la Eucaristía Dominical podemos gozar de la visión de la Comunidad de los discípulos de Cristo. El Templo se llena y desde mi sitio veo cómo los bancos se van ocupando y se crea ese ambiente tan hermoso, nos vamos preparando para que suceda algo muy grande. Escuchar la Palabra y volver a vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, vida y salvación de nuestras almas.

Pero sabemos que somos muchas veces tibios y hasta fríos, que fuimos muchas veces
convirtiendo la Santa Misa en una rutina, que participamos en ella mecánicamente, que ni siquiera meditamos ni 3´ en lo que vamos escuchando, en el discurrir de los Ritos Iniciales, en la Liturgia de la Palabra, Eucarística, etc. Y ni siquiera esperamos de pie a que el Sacerdote celebrante se retire a la Sacristía para irnos. Nos olvidamos totalmente de la Acción de gracias y de que por un tiempo somos Sagrario del Señor Jesús.

¿Cuáles serán las razones de nuestra tibieza y/o frialdad, no solo en al Eucaristía, sino también en nuestra vida familiar, profesional, social, política? Evidentemente las hay, desde las más simples. Llamo simple, aludiendo al atributo de Dios.

Dios es simple.

Los pecados veniales y los mortales, siempre están en la base de nuestras posibles vidas católicas endebles. Pero si escarbamos un poco mas arriba de donde se enraízan los pecados. ¿Qué podemos encontrar? Sabido por todos es que nos confesamos cada vez mucho menos, sin embargo el Sacramento de la Confesión puede ser un momento propicio para profundizar en las razones individuales de la tibieza y/o frialdad. Dice san Pablo en la Carta a los Romanos 10, 14-15:

“Ahora bien, ¿cómo van a invocar a Aquél en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en Él, si no les ha sido anunciado?

“¿Y cómo va a ser anunciado, si nadie es enviado? Por eso dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!”

Esta cita del Santo Evangelio, a mí me dice que el Sacerdote, que es quien nos anuncia la Buenanueva por excelencia, no lo hace solamente cuando está en el Púlpito predicando la Homilía, o dando una Catequesis en los Salones parroquiales, también lo hace en el Sacramento de la Confesión o en el marco de la Dirección Espiritual.

En la intimidad de estos dos momentos se establece un diálogo entre el Sacerdote y la persona que se acerca a la Confesión o a la Dirección Espiritual. El fruto de la Confesión, es la conversión de la persona y el fruto de la Dirección Espiritual también, aunque la Confesión es “incorpores Cristo“, en el Sacramento hay una dimensión sobrenatural.

Pero, ¿qué pasaría si el Sacerdote estaría mucho más preparado para adentrarse en la
dimensión psicológica del o de la penitente o del o de la dirigido o dirigida?

Este es el quid de mi reflexión. Creo que muchas de las razones de la tibieza y/o frialdad
tienen el origen en conflictos de la persona en la dimensión psicológica, que necesita de la purificación del Espíritu Santo. Una parte de la Asamblea Universal de Cristo, puede necesitar de la ayuda de un Profesional de la Psicología, puede ser una parte pequeña o no, en cualquier caso, que el Sacerdote esté bien formado desde el Seminario en la disciplina psicológica será una bendición para todos los católicos, porque la acción sanadora del Sacramento de la Confesión y de la Psicoterapia en todo caso, harán un complemento que redundará en un gran bien para el católico, para su conversión en el hombre nuevo en Cristo. Y si el católico que se acerca a la Confesión o a la Dirección, no necesita de la ayuda profesional de un Psicólogo, igualmente el conocimiento del funcionamiento de la mente y el corazón de las personas, ya integrado en el bagaje intelectual del Sacerdote, le valdría para encaminarlo y acompañarlo en el camino de santificación que tan bien describieron nuestros Doctores de la Iglesia, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, renovados con los estudios de la Ciencia Psicológica. Porque, ¡cuanta analogía hay entre la sanación y la conversión! A veces casi siento las dos palabras como sinónimas.

Creo en la Psicología, reconozco la enorme cantidad de conocimientos acerca del comportamiento de nuestra mente y nuestro corazón, para poder enfocar y vivir la realidad e interactuar en y con ella, imitando a Nuestro Señor Jesucristo.

Además, aunque existan muchísimas Escuelas psicológicas, la Humanista, con las aportaciones de la Filosofía Personalista, está en armonía con las enseñanzas de N. S. Madre Iglesia. ¿Por qué entonces nuestros sacerdotes no hacen estudios más serios y profundos de Psicología? Me parece de más, pero por las dudas alguien lo piense, me voy a anticipar: No estoy proponiendo que nuestros Sacerdotes sean psicólogos y les sustituyan. Lo que intento decir es que como en otras áreas del conocimiento, al estudiarlos concienzudamente, hasta comprenderlos lo más profundamente posible, pasan a ser parte de nuestro bagaje y herramientas al servicio de nuestra profesión, en el caso que ahora nos ocupa, del Sacerdote. A modo de ampliación, nuestros Sacerdotes no están sólo para vigilar y orientar nuestro comportamiento moral, en la Confesión, perdonando nuestros pecados. Esto es imprescindible, Nuestro Señor es muy exigente y paciente con nuestro comportamiento moral. Es parte de su divino plan para con nosotros, es condición para entrar al Cielo, ser inmaculados como Nuestra Madre lo fue desde siempre. Mas quizás las heridas de nuestros corazones, las heridas afectivas, nos unan y a la vez separen. Nos unen, porque las heridas duelen y el dolor nos hace compasivos y misericordiosos y al mismo tiempo nos separan porque hay pocos que como Cristo se abajan hasta nuestras miserias y se hunden en nuestros pozos enlodados. Las heridas afectivas, a veces, son difíciles de asumir porque es difícil abrazar el dolor, como es difícil abrazar la Cruz, lleva su tiempo, corto o largo, días, semanas, meses o hasta años. Al huir del dolor, no nos hacemo responsables y nos hacemos dependientes. El miedo a aguantar la dependencia del prójimo, mientras les ayudamos y el miedo a caer con el otro en su pozo, creo que es la razón por la cual ni siquiera desde N. S. Madre Iglesia, nuestros sacerdotes reciben una preparación adecuada en el Seminario, para estar preparados para poder comprender la mente y el corazón de las almas que Dios les encomienda.

Acabo como comencé, quizás cerrando el círculo: La dimensión psicológica del católico, me parece la más desatendida, creo que es urgente para encaminar las almas en el sendero de la verdadera conversión del
hombre viejo, en el Hombre Nuevo en Cristo.

Rebeca

 

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