Canal RSS

Archivo de la etiqueta: consuelo

Había un cuadrito…

Publicado en

 

Había escrito que al dolor hay que abrirle las puertas de nuestra conciencia, mejor temprano que tarde. Al menos es de desear que suceda.

A los recuerdos creo que no hay que tratarlos con sumo rigor científico. Quiero decir que lo que pesa en ellos es cómo los recordamos, si con alegría o con dolor, más que su veracidad. Tengo miles de recuerdos dolorosos y otros miles alegres. Pero los dolorosos me influyeron de manera distinta, por ejemplo me dieron miedo y a novecientos noventa y ocho los quise reprimir y los reprimí, pero ellos siempre lograron asomarse a mi conciencia.

En mi casa, a partir del año 1967 comenzaron a escucharse muchas discusiones, todos los días. Ocurrían casi siempre cuando mi papá volvía del trabajo. Es que por aquel tiempo su carácter cambió. Se volvió iracundo y tornadizo. Así si no encontraba el boli en su sitio, o abría la nevera y encontraba que el queso estaba mal cortado o entraba al baño y la esponja no estaba en su sitio, me llamaba. El fin de semana cuando los cuatro comíamos juntos, era raro que acabáramos pacíficamente, era más común que mi madre acabara tirando la comida a la basura y me quedara sin comer.

Cuando mi padre se enojaba, se transformaba en un monstruo, yo corría por toda la casa, para escaparme de él y me refugiaba en el baño que rápidamente cerraba con el pestillo. Una vez creí que si me metía en la cama al revés y quedaba toda tapada, le iba a despistar.

Cuando pasaron los años, yo dejé de llorar. Entonces un día de esos, encerrada en mi habitación por los cuatro costados, me apercibí de que en una esquina, en la pared, había un cuadrito. Me acerqué y vi que había una poesía. La leí y era una poesía a la madre. Recuerdo que al comienzo me daba rabia, porque mi mamá no me defendía de mi papá y tampoco me levantaba cuando me caía, ni me consolaba cuando lloraba. Pero con el paso de las discusiones, el cuadrito que estaba entre dos puertas, la que daba al comedor y la del patio, comenzó a consolarme. Me acercaba a él, leía la poesía y en mi corazoncito salía un solecito calentito.

No sé dónde habrá ido a parar ese cuadrito, ni siquiera me acuerdo de la poesía. Si me acuerdo muy bien de su aspecto, era viejo y estaba enmarcado de dorado, muy sencillo, muy liviano.

Cuando conocí a la Virgen María, no sé cuando, si en mi conversión o en mi niñez -porque una vez mi mamá se burló de Ella, de su virginidad, debía tener yo 9 años y me dolió muchísimo,  como si María fuese mi Madre- reconocí en el cuadrito aquel a Ella, estoy segura que fue la que me lo descubrió y también tuvo que haber sido la que movió a quien fuera a ponerlo justo ahí. La poesía a la madre me prestó gran ayuda durante mucho tiempo, recurrí a él muchas veces en medio de gran desolación y siempre salía el solecito en mi corazón… Gracias María, Madre de todos los hombres.

Nunca recibí durante mi infancia y adolescencia información seria alguna sobre la Fe cristiana. Sólo tenía alguna referencia: los católicos se habían equivocado y creyeron que ya había llegado el Mesías… los goiens. Palabra en yiddish, que significa paganos y que designaba a los católicos o a los no judíos.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: