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Un día, un papá muy ocupado…

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Al poco tiempo de haber tenido la experiencia dolorosa del mal, nos mudamos, así que la división me quedó aún más señalada. La nueva casa estaba organizada, digamos a partir de un pequeño y muy hermoso patiecito, el cual tenía un toldo de aluminio, que se abría en láminas. Mi madre lo tenía lleno de plantas, a ella se le daban estupendamente, tenía lo que se dice mano para ellas. Un día conté las macetas que había sólo en el pequeño patio central de mi casa y eran cerca de ochenta. No le restaba mucho tiempo del día ocuparse de ellas, había una gran variedad, y así y todo las tenía hermosas y el pequeño patio resultaba muy encantador, de hadas… Este tenía una escalera de cemento que iba a la terraza y debajo de la escalera había un armario, era de mi padre. En ese armario él guardaba sus herramientas y tenía un sinfín de frascos y frasquitos con toda clase de tornillos, clavos, tuercas, arandelas… será por eso que siempre me fascinaron las Ferreterías, desde ya no me desagradaría poner una…

Era domingo, sonaba en el antiguo combinado la música preferida de mis padres. Yo, que debía tener unos 10 años, buscaba la ayuda de alguno de los dos. No me acuerdo para qué, entonces recurrí primero a mi madre, que me mandó a mi padre. Estaba de espaldas, agachado, ocupado en su armario, en sus queridos tornillos, tuercas y esas cosas, que las tenía perfectamente ordenadas, como excelente bancario que fue. Mi padre, todo angustiado me respondió:

–Ahora no puedo. ¿No ves que no soy Jesús? ¡No puedo hacer todo a la vez!

“¡Ah! Me dije a mí misma y me di la vuelta pensativa

¿Quién será ese Jesús que lo puede hacer todo?””

Hay cosas, que se me quedaron grabadas en el corazón, que tan tarde las iba a comprender…

“La única vez que de niña visité un Templo católico”

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Alcira era una amiga de mi madre. Una mujer de unos 45 años quizás, cuando la conocí. Era católica y peronista, o al revés mejor. No vivía en la ciudad, sino en Carcarañá, un pueblo a unos 150 km. de Rosario. Debido a su trabajo venía todas las semanas, pues ella con su marido tenían un negocio de motos y bicicletas. Como necesitaba comprar repuestos, al tiempo los comerciantes de su pueblo comenzaron a pedirle que también a ellos les comprase, entonces Alcira se hizo con el oficio de Comisionista.

El trabajo lo hacía por la mañana y al acabar venía a casa, comíamos juntas y luego mi madre y ella jugaban a las cartas,  miraban la telenovela y  a menudo me incluían a mí en sus partidas de chin-chon. Después Alcira se iba a la Estación de autobuses. No tengo ni idea de cómo comenzó la amistad entre mi madre y ella. Alcira era una mujer vasta, a mí me llamaba la atención, ahora que lo pienso, que trabajara en un oficio que para aquella época era muy raro que lo haga una mujer. No sé decir si era una buena mujer, tampoco de que fuese mala, no.

De vez en cuando íbamos en familia el fin de semana a visitarla al pueblo y en vacaciones mi madre me mandaba quince días sola, a casa de Alcira y su marido, Ernesto. Una vez la invitaron a algo en la Iglesia del pueblo. Creo que debido a que éramos judíos, le pidió permiso a mi madre para llevarme y evidentemente mi madre se lo dio.

Recuerdo en casa de Alcira, preparándome para ir a la Iglesia, debía ser pequeña yo, quizás siete años o menos… No sabría decir si fue antes o después del día en el cual conocí el Mal en mi pequeña historia de salvación, pero se me hace que fue después, por el miedo que pasé. Estaba con Alcira en el dormitorio y ella se cambió en frente mío, me asusté mucho, a partir de ese día me cuidaba  mucho de no estar en el dormitorio mientras Alcira se cambiaba y menos su marido. Son cosas que en mi casa no sucedían.  Luego me acompaña el recuerdo yendo a la Iglesia, que era como en todos los pueblos, en la Plaza Mayor, donde también estaba el Colegio y la Municipalidad. El recorrido fue corto, Alcira vivía en la calle principal que era la única ancha del pueblo. Caminaba al lado de ella, nerviosa, sin saber ni entender nada. Me pregunto cuántas veces los niños caminamos así de solos y abandonados, al lado de los adultos sin saber ni entender nada.

Una vez dentro recuerdo que había mucha gente y que nos sentamos bastante detrás, porque desde allí no podía ver lo que sucedía, no podía ver a “ese señor” que ocupaba el centro de atención. Claro, era el sacerdote, nunca supe si estuve en un Bautizo o Confirmación, una Boda seguro que no. Veía a “ese Señor” muy mal, la gente me tapaba. Yo me afanaba en ver, sentía mucha curiosidad, pero era una misión casi imposible. Ahora estoy segura que fue después de ese día, porque quería entenderlo todo, tenía mucho miedo de pasar por tonta. Miraba a las personas e intentaba imitarlas, si se levantaban, yo me levantaba… pero en un momento vi que hacían algo raro, algo con sus manos en sus caras. Me habrá salido muy mal el signo de la cruz, porque de vuelta en casa con mi mamá, lo comentaron y se rieron de mí. Tengo el recuerdo que aludieron al asunto del judaísmo. Me dolió que se rieran de mí, yo me había esforzado por hacerlo lo mejor posible.

Pero más allá de mi madre y Alcira, jamás se borró de mi conciencia el momento en que me persigné, es un recuerdo especial, vivo, misterioso… no es alegre o triste, sino algo así como un aviso o caricia del Señor Jesús, que ya estaba conmigo. Seguro que a Dios le gustó.

Después de la Iglesia, fuimos a la casa de unos amigos de Alcira y Ernesto y estaban mirando en la tele una serie que se llamaba “El hombre que volvió de la muerte” Era de miedo, alguien dijo de cambiar el canal por mí, pero la siguieron viendo. Las imágenes me asustaron mucho y todo el camino de vuelta, sufrí imaginándome a ese monstruo aparecer de entre las sombras. El demonio me había herido… pero cuando tuve noticias de la Resurrección de Jesús, Dios y Hombre verdadero… ¿Dónde estabas Jesús? ¡Te amo! Tú, Cristo Jesús, eres el ayer, el hoy y el mañana, la Eternidad…

El camino hacia Israel no es de rosas sin espinas.

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En el Shil

 

Haciendo un esfuerzo de memoria, me veo con unos 16 años bajando esas escaleras del fondo del hall. Reconozco que las bajaba bastante excitada por alguna razón, pero la olvidé. Excitada, alarmada. Mi rostro medio desencajado, quizás quería llorar… Esas mismas escaleras, creo que las volví a subir muchos años después, para los preparativos de mi casamiento con Sergio.

Entonces antes de llegar al final, levanté la vista y sobre la pared frontal vi una hermosa lámina de bellos colores y de cálidas tonalidades . En ella estaba fotografiada con gran nitidez una rosa, con su tallo y sus hojas. La rosa era preciosa, pero tan preciosa era ella como tan visibles sus espinas. Había una frase escrita en la lámina, que decía algo así como:”No te prometí que el camino a Israel sería un camino de rosas sin espinas”

Rosal

Yo no sabía  de los caminos del Espíritu Santo, pero desde hoy reconozco que se me metió directo al alma. “No iba a ser fácil, en el camino encontraría espinas”… por supuesto que no entendía nada, pero fue una respuesta que en ese momento me tranquilizó. Como una instrucción de Dios Padre.

Debió de ser así, porque obró en mi el bien, la conformidad.

Esa lámina en el Shil, hacia referencia a la “aliá”, palabra hebrea que designa el acto de un judío que vive en la diáspora, al irse a vivir a Israel. Era propaganda sionista. En mi adolescencia fui muy sionista y daba por seguro que iba a hacer aliá. No era conciente que mi dolor era tan fuerte, que no iba a poder en la mayoría de los casos hacer lo que quería. Pero ¿no nos enseñaron desde pequeños que por ejemplo un palo tiene varias utilidades? Pues así esa lámina, en los designios del Señor, tuvo otra utilidad.

Israel ahora sé que es para nosotros, Iglesia Católica, el Reino de Dios, el Paraíso, el Cielo, la felicidad. Y es un camino de rosas reales, en el que también hay espinas, dolor, frustración, cansancio… Cruz  ¡Bendito el que pende de la Santa Cruz! Porque nos atrae a la vida real, donde hay lucha, esperanza, fe, amor. ¡Alabado sea Jesucristo! ¡Bendito y Alabado!

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