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Pisando con pie de plomo…

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Un día de abril o mayo de 1998, estaba una tarde en Blanes -aclaro que no soy muy buena para recordar con orden cronológico los acontecimientos de mi vida- caminando por el Paseo Marítimo, hacia un barrio que se llama Los Pinos, donde había una Parroquia. Como era de barrio estaba alejada del centro. Yo quería entrar y arrodillarme en los bancos. Pensaba que  faltaba algún tiempo para la hora de Misa, esa hora en que se juntaba más gente. Entonces me iba a poder arrodillar sin que nadie me viese, que era lo que quería. Poco sabía yo de la Misa o Eucaristía, pero estaba asistiendo a ella todos los días por la tarde en la Iglesia del centro, dedicada a Santa María. Las abuelitas que iban a diario creo que me miraban extrañadas, pues no me acercaba a comulgar, no estaba bautizada, para ello faltaba mucho tiempo aun…

La Eucaristía fue mi primer catequesis, yo observaba al sacerdote, que era el coadjutor, ya era muy mayor y le faltaba algún diente… se llamaba como un Rey Mago. Escuchaba sus palabras, en catalán y me costaba un poco. Le seguía sus gestos, mis ojos iban del Sagrario a la imagen de la Virgen y de la imagen de la Virgen al Sagrario. Me preguntaba con curiosidad qué había dentro del Sagrario, qué era esa circunferencia. Así iba yo pensando, tenía vergüenza de arrodillarme. ¿Ante qué me arrodillaría? ¿Ante alguien? ¿Dios? ¡Qué lío tenía en la cabeza y en el corazón! Pero me llamaba mucho el deseo de probar del Agua Viva, tenía mucha sed, estaba muy sedienta y necesitaba averiguar,  conocer…

Llegué a la Iglesia y estaba abierta. Y vacía… busqué un sitio protegido por la penumbra y me senté, al rato me arrodillé, y miré hacia el Sagrario. La conversión es un misterio… Por mis miedos, los mismos que tengo hoy, pero que actuaban a sus anchas, iba con pie de plomo… Miedo a la entrega,miedo al engaño, miedo a ser tonta. Y si no había nada, nadie… Sin embargo, Jesús que es el Amado de nuestras almas estaba ahí y me susurraba al corazón, su silbo amoroso que va curando el ser entero.

Tiempo después leí la autobiografía de Thomas Merton, monje trapense, escritor y poeta, un gran converso,

 

fue asombrosamente bello y consolador el parecido que encontré leyéndola, se llama “La montaña de los siete círculos”, pues Thomas también tuvo momentos en que sintió vergüenza, él lo confía en su libro.

Al tiempo que esto estaba sucediendo, mi vida seguía su ritmo. ¡Esto me pasaba en medio de lo cotidiano!

Mi hijo tenía 13 años y vivía con su padre. Nada de lo que me acontecía era secreto para él, según su edad. Un día que lo acompañé hasta la puerta de la casa de su padre me dijo:

–Mamá, si alguna vez llegas a rezar estando conmigo, voy a negar que eres mi madre. Y al tiempo pensé: No te enfades. Me dolió, pero sentí, como sigo sintiendo hoy, que mi vida, nuestras vidas, están en las manos de Dios y mas tarde comprendí que Santa María y San José también están alimentándonos con su calor y su amparo. Como madre tengo muchos fallos, uno fue ser “atea” y así crié a Miguel, mi hijo. Le enseñé a amar la naturaleza, a asombrarse por su belleza y variedad y a respetarla… él nunca jugó por ejemplo a dejar sin cola a las lagartijas. Pero como dice un Himno de la fiesta de la Transfiguración, ni siquiera tuvo alguien que le enseñara a recitar el Padrenuestro…

No creáis que hay sólo tristeza en estos recuerdos, hay mucha ternura al mismo tiempo, porque Dios nos ama a todos, a pesar de todo y su amor es acción, actúa, consuela efectivamente y anima.

¡Como María!: Ella esperó a pesar de toda desesperanza.

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Un día, un papá muy ocupado…

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Al poco tiempo de haber tenido la experiencia dolorosa del mal, nos mudamos, así que la división me quedó aún más señalada. La nueva casa estaba organizada, digamos a partir de un pequeño y muy hermoso patiecito, el cual tenía un toldo de aluminio, que se abría en láminas. Mi madre lo tenía lleno de plantas, a ella se le daban estupendamente, tenía lo que se dice mano para ellas. Un día conté las macetas que había sólo en el pequeño patio central de mi casa y eran cerca de ochenta. No le restaba mucho tiempo del día ocuparse de ellas, había una gran variedad, y así y todo las tenía hermosas y el pequeño patio resultaba muy encantador, de hadas… Este tenía una escalera de cemento que iba a la terraza y debajo de la escalera había un armario, era de mi padre. En ese armario él guardaba sus herramientas y tenía un sinfín de frascos y frasquitos con toda clase de tornillos, clavos, tuercas, arandelas… será por eso que siempre me fascinaron las Ferreterías, desde ya no me desagradaría poner una…

Era domingo, sonaba en el antiguo combinado la música preferida de mis padres. Yo, que debía tener unos 10 años, buscaba la ayuda de alguno de los dos. No me acuerdo para qué, entonces recurrí primero a mi madre, que me mandó a mi padre. Estaba de espaldas, agachado, ocupado en su armario, en sus queridos tornillos, tuercas y esas cosas, que las tenía perfectamente ordenadas, como excelente bancario que fue. Mi padre, todo angustiado me respondió:

–Ahora no puedo. ¿No ves que no soy Jesús? ¡No puedo hacer todo a la vez!

“¡Ah! Me dije a mí misma y me di la vuelta pensativa

¿Quién será ese Jesús que lo puede hacer todo?””

Hay cosas, que se me quedaron grabadas en el corazón, que tan tarde las iba a comprender…

Dios me dio psicoanalistas, psicólogos, terapeutas, para mi necesidad de encontrar… ¡la verdad!

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A Santa Teresa le dio sacerdotes, a mí como no era hija de la Iglesia, no me los dio. A mí me dio psicoanalistas, desde los 18 años, hasta después del Bautismo… y después me volvió a dar psicólogos y no me quitó los sacerdotes. Eso que yo le había  dicho al Señor, en un rapto de amor, que ya nunca más iba a ir a la consulta de un psicoanalista, ni terapeuta, que desde “hoy” Él sería mi Terapeuta. Por aquella época yo mantenía un prejuicio sobre los psicólogos, me imagino que heredado de Argentina, donde triunfó el psicoanálisis.

Pues Jesucristo es Médico de las almas… pero su Voluntad iba a ser otra: Valerse de los Profesionales de la Psicología, como instrumentos de mi “caminito de sanación” Si, hace poco me consolé muchísimo pidiéndole prestado a santa Teresita del Niño Jesús lo de caminito, ella que es tan buena, me lo prestó muy alegre y contenta…

 camino en grises

A los 6 años un hombre desconocido… luego mi mamá, sin darse cuenta, asustándose mucho, profundizó la herida múltiple. 

No hay que  elucubrar, lo único importante es que esa experiencia desvió la ruta que hasta ese día andaba, mi vida cambió drásticamente e imprimió carácter en mi personalidad. Sin darme cuenta, comencé a dudar de la existencia del amor.

Al mismo tiempo, simultáneamente entró el Misterio, entró Dios, que es Amor y me acompañó siempre, a sol y a sombra. Aunque claro, como Él quiso y quiere… y querrá.

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El dolor se presenta, pero tardaré una vida para identificarlo y otra para digerirlo y otra y otra y todavía…

El dolor es un sentimiento que de por si lo llena todo y me deja muda.

El dolor, el amor…  se envuelven el uno al otro. El amor al dolor, el dolor al amor.

Lo que pide el alma cuando se presenta el dolor, es que le abramos las puertas de nuestro corazón y le hagamos espacio.

El dolor necesita espacio en nuestra conciencia, para darnos cuenta qué nos duele y tiempo para vivirlo y desahogarlo…

Lo importante es que quede clarísimo que así entró Dios en mi vida,  haciéndose compañero de camino, animándome a seguir buscando la verdad, así, así… Sígueme, como a los discípulos.

No fui yo que le busqué.

Mis padres iban a la Sinagoga sólo los días señalados, Rosh Hashaná , Iom Kipur , para los Bar Mitzba que nos invitaban, cuando fue el de mi hermano y para los casamientos… Pero en mi casa no se hablaba de Dios.

¡Mis padres no eran creyentes!

Dios y la Virgen su Madre vinieron a mi corazoncito, en silencio y su amor me movió, alimentó mi deseo de saber. Así sin entender entendiendo, fui emprendiendo mis búsquedas a la espera de la verdad. Muchísimas veces me siento aun hoy casi derribada, me quedo casi sin aliento y Dios me levanta.

Hoy es claro como el día, aunque es de noche, porque gracias a Él, ya soy hija de la Iglesia.

La Sinagoga o Shil (en idish)

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El Shil

El Shil queda en la calle Paraguay, la Escuela y el Shil están al lado uno del otro. Yo fui a la Escuela judía durante el Jardín de Infantes e iba también al de la Escuela Pública, hacía doble turno. Parecía que mi madre trabajaba y no podía ocuparse de nosotros, pero la realidad es que nunca trabajó fuera de casa. Parece que querer, quiso, pero mi padre no era de la idea. La razón de que seguramente mi hermano también, hiciésemos dos Jardines de Infantes, en dos colegios distintos, para que estuviésemos fuera de casa por la mañana y por la tarde, era para estar sola con sus cosas. Pobre mamá, estaba enferma de los nervios.  Cuando cumplí 6 años, mi madre me quitó de la Escuela judía y a ella volví con 13 años a cursar los estudios secundarios.

El Shil es hermoso. Digo es, porque aunque la última vez que lo visité habrá sido por mi casamiento, el 10 de enero de 1982, el Shil es una realidad que sigue existiendo. Como decía es hermoso y los recuerdos que tengo de él, son en su casi totalidad muy hermosos. Creo que porque el Shil es para el judío no sólo lugar de Liturgia, sino también de encuentro social. Tengo la impresión de que para las celebraciones como por ejemplo el Día de la Independencia de Israel o la Liberación del Ghetto de Varsovia, el espacio se dividía en dos y se convertía en un salón, que inclusive se llegaba a utilizar para fiestas.

Me gustaban las baldosas de la entrada, que se extendían hasta diez o quince metros. Antes de llegar al fondo, estaba la puerta de entrada al Shil propiamente dicho y más al fondo había unas escaleras que conducían a oficinas. Todo era brillante y lustroso…

Creo que cerca de la gran puerta de entrada, hay otra, algo escondida, que conduce a los palcos para las mujeres. Durante los Oficios religiosos las mujeres debíamos estar en ellos, sólo los varones ocupaban la nave central.

Son varios los recuerdos que tengo, los que me tocaron y quedaron grabados en mi corazón… algunos todavía no los comprendo del todo, otros se me aclararon cuando conocí la Revelación en la Nueva Alianza  y comencé a leer el Evangelio.

En el Shil, era difícil conseguir silencio, aun durante el oficio. Una vez, seguramente un Iom Kipur, estaba con mi madre y mis tías en el palco. En Iom Kipur se realizan uno de los ayunos. Las mujeres se pasaban “caramelitos” por debajo, y además del cuchicheo, se escuchaba el ruido de los papelitos. El Jazán, que es el hombre que canta en las celebraciones, comenzó a pedir silencio. Tuvo que insistir más de una y otra vez.

De repente comencé a sentir en mi interior una indignación que crecía y crecía y parecía que iba a explotar. No la entendía. No entendía que me enfadara tanto. Mi madre no llevaba el ayuno a rajatabla, o sea ayunaba solo desde la mañana, hasta que volvía del Shil, así creo que la mayor parte de mi familia.

Hasta ahí, con mi poca cultura religiosa parece que lo podía entender, pero que no se cuidasen cuando estaban dentro del Shil y mas aún durante la Liturgia… Yo sentí en mi interior una ira, una emoción desconocida  ¡No entendía por qué me era para tanto!

La entrada al Shil, con esas baldosas de granito brillantes en blanco y negro que se extendían esos diez o quince metros hasta el final, me parecía un espacio infinito. Como Dios.

En el Tabernáculo no está el Señor Jesús, sino los Rollos de la Torá, los Cinco Libros Sagrados del Judaísmo. No, no está la Presencia viva del Señor en la Eucaristía. No está, pero está el Espíritu, porque Él no ha roto la Alianza con el Pueblo Judío. Además Él está como está en todos lados… Y con más razón en los Tabernáculos de las Sinagogas y mi madre y mis tías, parece que no sentían su presencia y faltaban al Señor, Dios de Israel.

Después de mi Bautismo, la primera vez que leí en el Evangelio, el versículo que cuenta cómo Jesucristo se airó en el Templo, frente a los mercaderes que habían convertido la Casa de Oración en un mercado, comprendí entonces la experiencia de aquel día en el Shil.

Yo no tenía tiempo para convertirme en una judía piadosa y practicante, porque el dolor, la opresión y la duda habitaban en mi corazón y ya era yo como un coche con mucha gasolina, que al darle a la llave arranca como un fuego muy encendido, pero se apagaba enseguida, porque perdió la confianza.

Desde hoy doy gracias a Dios, que de los males saca bienes, pues a veces pienso que si hubiera sido una judía piadosa, quizás nunca hubiese recibido la Buena Nueva de que Dios mandó a su Hijo, como el último de los Profetas, Dios y Hombre verdadero, para abrirnos las puertas del Cielo y de que Él es Uno y Trino… Por eso no me quejo de nada de lo que en mi vida me sucedió, tampoco del abuso del pederasta. Como dice la Liturgia de la Vigilia Pascual, ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! ¡Amén! ¡Aleluya!

Mi primer Majané.

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Majané significa campamento o colonia en hebreo. Los majanot (majané en plural) eran siempre en tiendas de campaña y muy grandes, porque en cada tienda dormía un grupo.

Este majané fue el primero al que me mandaron mis padres y yo aseguraría que fue después del pederasta y antes de la mudanza, o sea que  debía de tener unos 7 años.

Fue con Hebraica, el club social de la Comunidad Judía. Ahí nunca me la pasé bien, no fui la única, muchos niños y niñas judíos sufríamos una especie de discriminación dentro de nuestra misma casa. Hasta hoy no tengo una idea clara al respecto, porque ente otras no sé hasta qué punto mi personalidad afectada, influía o no,  mucho o poco, en mis relaciones con los demás niños y niñas.

Recuerdo con dolor la noticia de que iba a ir al majané. Pero fui, y no me la pasé bien. Los recuerdos son bastantes borrosos. Por ejemplo me caí y me hice una herida considerable en la mano, recuerdo que ocupaba la herida toda la parte de abajo del dedo gordo. No recuerdo el dolor físico, como si no lo hubiese tenido. No se me curaba, hasta que se me infectó y la tenía llena de pus, entonces me llevaron a la enfermería. Me sentí abandonada, asustada y muy sola. Mi pequeña alma clamaba al cielo, mis pequeños ojos clamaban justicia. Yo elevaba mi mirada al cielo. ¿Estabas Tú Señor Jesús? Recuerdo haber levantado los ojos al cielo y en mi corazón sentir que Alguien también se había hecho daño en la mano. Es verdad, ese instante aconteció verdaderamente…

Por la noche, una de las actividades típicas del majané era una especie de guerra entre dos bandos, se me olvidó el nombre del juego. Cada bando tenía una “casa” y cada participante una cinta de un color distinto según el bando donde estuviese. En el juego había que ir avanzando para meterse en la casa del enemigo, pero sin que te quitasen la cinta. No me gustaba jugar, se organizaban casi verdaderas batallas, con mucha violencia, yo tenía mucho miedo.

Andrew Spenceley es el autor (Wikimedia Commons)

En un momento del juego, en medio del bosque -pues jugábamos de noche, con linternas, en medio de la naturaleza- estábamos tres, yo de pie, apoyada en un árbol y dos niños luchando para quitarse la cinta. Tuve, lo que considero una visión, una distorsión… vi que uno de los niños le ponía el pie encima de la cabeza al otro. Hasta ahí entra dentro de lo posible… pero luego vi que la cara del niño en el suelo, se ponía muy roja y vi como si se le rompiese, como fisuras por donde comenzaba a chorrearle la sangre. Cuando alguna vez me vino este recuerdo, lo alejé… porque en ese momento, cuando veía la crueldad del niño que le aplastaba el cráneo -crueldad que en todo caso se producía porque no estábamos vigilados por adultos, sino por jóvenes que no eran conscientes- sentí mucho dolor, y miré al cielo, hacia fuera de mí, como si alguien se estuviese aprovechando de ese momento para comunicarme que él también sufría o había sufrido. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿¡Eras Tú Jesús!? ¿¡Eras tú!? ¿Eras tú que de esa manera tan misteriosa me adelantabas el Misterio de tu Pasión? Dios mío, Dios mío ¿dónde estás Señor? ¿por qué tanta oscuridad?… ¿Por qué tantos años y todavía hoy, ya siendo tuya, no puedo estar contigo y conocer el amor? El momento que Dios hizo, ese día cuando la loza que me oprime sea levantada, está cada vez más cerca…

Es posible que yo me imaginara, por la misma tensión del momento, la sangre asomando por las fisuras de la cara del niño. Pero es perfectamente posible teniendo en cuenta que los majanot eran en verano, hacía calor, los niños estaban sudando mucho y con su zapatilla estaba haciendo presión sobre la cabeza del otro niño, las venas podrían hacerse muy visibles y la cara ponerse muy colorada. Llegó el madrij (monitor) y los separó.

Fui a varios majanot más, no en el club judío, sino en los Keinim, que eran Movimientos judíos.  En ellos también se organizaba alguna noche este juego. Pero ya era algo mayor y no era la única que intentaba escabullirse para no participar. El dolor de amor de no estar contigo y Tu llamada para comunicarme de Corazón a corazón tu Pasión, ya me acompañaban Señor Jesús. Te amo Jesús…te espero, te busco, tu gracia y tu misericordia me alientan en el camino… 

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