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Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad.

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Algo pasó en mi vida, mejor dicho comenzó a pasar, ahora hace ya unos 13 años, allá por 1998. Yo vivía en Blanes, me había divorciado hacía 3 años. Tenía en la cabeza un no sé qué de cosas que decían, sigue adelante. Pero, ¿A dónde?

Tenía deseos de hacer miles de cosas… o una, pero no sabía cual. Mi naturaleza estaba muy herida, mi afectividad, desde hacía mucho, desde los 6 años, además de las heridas recientes. Así que estaba armada de fuertes defensas para la vida, que además de defenderme me impedían vivirla plenamente.

Lo que comenzó a pasar, lo hizo en medio de las vicisitudes. Así se presenta Dios en nuestras vidas… Yo comencé a notarlo, Jesús comenzó a hacerse el encontradizo…

Llegué a España en el año 1986, en octubre, a finales. Justo era el cumpleaños de mi madre, así que me fue muy fácil recordar la fecha. Volé con mi niño en mis faldas, apenas tenía 20 meses. Su padre nos esperaba en Madrid, él había emigrado un mes antes para preparar el nidito, pues nuestro hijo era un bebé.

Corría el mes de diciembre de 1997 cuando me fui a trabajar a Girona y conocí a Neus. Ella se sorprendió de que yo fuese judía y como por hacer algo distinto o no sé para qué, comenzó a llevarme a alguna que otra actividad de la Iglesia Católica. Neus no era una católica practicante, ella era una gran buscadora, por todos lados. Una mujer bondadosa y muy generosa. 

Neus fue entonces el primer instrumento humano del cual se sirvió el Amado de las almas para comenzar a atraerme hacia Él. No se valió el Señor de una persona comprometida con N. S. Madre Iglesia. Yo entiendo, con mi entendimiento humano, que fue por dos razones: Una, para enseñarme desde el principio que Él es Señor de todos, aunque respete nuestra libertad y dos, porque Jesús me conocía desde siempre… y sabía que conmigo debía actuar con mucho sigilo, porque sino yo podía salir corriendo…

Algo pasó en mi vida, mejor dicho comenzó a pasar… ¿Ahora hace ya unos 13 años? No, no… comenzó a pasar el día que nací, el 6 de diciembre de 1960. Yo, como nuestro hermano en la fe, san Agustín, también, si quiero testimoniar abiertamente a Cristo, tengo que decir como él, que Dios, Uno y Trino, estaba en mí, más yo no estaba con Él…

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Pisando con pie de plomo…

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Un día de abril o mayo de 1998, estaba una tarde en Blanes -aclaro que no soy muy buena para recordar con orden cronológico los acontecimientos de mi vida- caminando por el Paseo Marítimo, hacia un barrio que se llama Los Pinos, donde había una Parroquia. Como era de barrio estaba alejada del centro. Yo quería entrar y arrodillarme en los bancos. Pensaba que  faltaba algún tiempo para la hora de Misa, esa hora en que se juntaba más gente. Entonces me iba a poder arrodillar sin que nadie me viese, que era lo que quería. Poco sabía yo de la Misa o Eucaristía, pero estaba asistiendo a ella todos los días por la tarde en la Iglesia del centro, dedicada a Santa María. Las abuelitas que iban a diario creo que me miraban extrañadas, pues no me acercaba a comulgar, no estaba bautizada, para ello faltaba mucho tiempo aun…

La Eucaristía fue mi primer catequesis, yo observaba al sacerdote, que era el coadjutor, ya era muy mayor y le faltaba algún diente… se llamaba como un Rey Mago. Escuchaba sus palabras, en catalán y me costaba un poco. Le seguía sus gestos, mis ojos iban del Sagrario a la imagen de la Virgen y de la imagen de la Virgen al Sagrario. Me preguntaba con curiosidad qué había dentro del Sagrario, qué era esa circunferencia. Así iba yo pensando, tenía vergüenza de arrodillarme. ¿Ante qué me arrodillaría? ¿Ante alguien? ¿Dios? ¡Qué lío tenía en la cabeza y en el corazón! Pero me llamaba mucho el deseo de probar del Agua Viva, tenía mucha sed, estaba muy sedienta y necesitaba averiguar,  conocer…

Llegué a la Iglesia y estaba abierta. Y vacía… busqué un sitio protegido por la penumbra y me senté, al rato me arrodillé, y miré hacia el Sagrario. La conversión es un misterio… Por mis miedos, los mismos que tengo hoy, pero que actuaban a sus anchas, iba con pie de plomo… Miedo a la entrega,miedo al engaño, miedo a ser tonta. Y si no había nada, nadie… Sin embargo, Jesús que es el Amado de nuestras almas estaba ahí y me susurraba al corazón, su silbo amoroso que va curando el ser entero.

Tiempo después leí la autobiografía de Thomas Merton, monje trapense, escritor y poeta, un gran converso,

 

fue asombrosamente bello y consolador el parecido que encontré leyéndola, se llama “La montaña de los siete círculos”, pues Thomas también tuvo momentos en que sintió vergüenza, él lo confía en su libro.

Al tiempo que esto estaba sucediendo, mi vida seguía su ritmo. ¡Esto me pasaba en medio de lo cotidiano!

Mi hijo tenía 13 años y vivía con su padre. Nada de lo que me acontecía era secreto para él, según su edad. Un día que lo acompañé hasta la puerta de la casa de su padre me dijo:

–Mamá, si alguna vez llegas a rezar estando conmigo, voy a negar que eres mi madre. Y al tiempo pensé: No te enfades. Me dolió, pero sentí, como sigo sintiendo hoy, que mi vida, nuestras vidas, están en las manos de Dios y mas tarde comprendí que Santa María y San José también están alimentándonos con su calor y su amparo. Como madre tengo muchos fallos, uno fue ser “atea” y así crié a Miguel, mi hijo. Le enseñé a amar la naturaleza, a asombrarse por su belleza y variedad y a respetarla… él nunca jugó por ejemplo a dejar sin cola a las lagartijas. Pero como dice un Himno de la fiesta de la Transfiguración, ni siquiera tuvo alguien que le enseñara a recitar el Padrenuestro…

No creáis que hay sólo tristeza en estos recuerdos, hay mucha ternura al mismo tiempo, porque Dios nos ama a todos, a pesar de todo y su amor es acción, actúa, consuela efectivamente y anima.

¡Como María!: Ella esperó a pesar de toda desesperanza.

Había un cuadrito…

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Había escrito que al dolor hay que abrirle las puertas de nuestra conciencia, mejor temprano que tarde. Al menos es de desear que suceda.

A los recuerdos creo que no hay que tratarlos con sumo rigor científico. Quiero decir que lo que pesa en ellos es cómo los recordamos, si con alegría o con dolor, más que su veracidad. Tengo miles de recuerdos dolorosos y otros miles alegres. Pero los dolorosos me influyeron de manera distinta, por ejemplo me dieron miedo y a novecientos noventa y ocho los quise reprimir y los reprimí, pero ellos siempre lograron asomarse a mi conciencia.

En mi casa, a partir del año 1967 comenzaron a escucharse muchas discusiones, todos los días. Ocurrían casi siempre cuando mi papá volvía del trabajo. Es que por aquel tiempo su carácter cambió. Se volvió iracundo y tornadizo. Así si no encontraba el boli en su sitio, o abría la nevera y encontraba que el queso estaba mal cortado o entraba al baño y la esponja no estaba en su sitio, me llamaba. El fin de semana cuando los cuatro comíamos juntos, era raro que acabáramos pacíficamente, era más común que mi madre acabara tirando la comida a la basura y me quedara sin comer.

Cuando mi padre se enojaba, se transformaba en un monstruo, yo corría por toda la casa, para escaparme de él y me refugiaba en el baño que rápidamente cerraba con el pestillo. Una vez creí que si me metía en la cama al revés y quedaba toda tapada, le iba a despistar.

Cuando pasaron los años, yo dejé de llorar. Entonces un día de esos, encerrada en mi habitación por los cuatro costados, me apercibí de que en una esquina, en la pared, había un cuadrito. Me acerqué y vi que había una poesía. La leí y era una poesía a la madre. Recuerdo que al comienzo me daba rabia, porque mi mamá no me defendía de mi papá y tampoco me levantaba cuando me caía, ni me consolaba cuando lloraba. Pero con el paso de las discusiones, el cuadrito que estaba entre dos puertas, la que daba al comedor y la del patio, comenzó a consolarme. Me acercaba a él, leía la poesía y en mi corazoncito salía un solecito calentito.

No sé dónde habrá ido a parar ese cuadrito, ni siquiera me acuerdo de la poesía. Si me acuerdo muy bien de su aspecto, era viejo y estaba enmarcado de dorado, muy sencillo, muy liviano.

Cuando conocí a la Virgen María, no sé cuando, si en mi conversión o en mi niñez -porque una vez mi mamá se burló de Ella, de su virginidad, debía tener yo 9 años y me dolió muchísimo,  como si María fuese mi Madre- reconocí en el cuadrito aquel a Ella, estoy segura que fue la que me lo descubrió y también tuvo que haber sido la que movió a quien fuera a ponerlo justo ahí. La poesía a la madre me prestó gran ayuda durante mucho tiempo, recurrí a él muchas veces en medio de gran desolación y siempre salía el solecito en mi corazón… Gracias María, Madre de todos los hombres.

Nunca recibí durante mi infancia y adolescencia información seria alguna sobre la Fe cristiana. Sólo tenía alguna referencia: los católicos se habían equivocado y creyeron que ya había llegado el Mesías… los goiens. Palabra en yiddish, que significa paganos y que designaba a los católicos o a los no judíos.

“La única vez que de niña visité un Templo católico”

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Alcira era una amiga de mi madre. Una mujer de unos 45 años quizás, cuando la conocí. Era católica y peronista, o al revés mejor. No vivía en la ciudad, sino en Carcarañá, un pueblo a unos 150 km. de Rosario. Debido a su trabajo venía todas las semanas, pues ella con su marido tenían un negocio de motos y bicicletas. Como necesitaba comprar repuestos, al tiempo los comerciantes de su pueblo comenzaron a pedirle que también a ellos les comprase, entonces Alcira se hizo con el oficio de Comisionista.

El trabajo lo hacía por la mañana y al acabar venía a casa, comíamos juntas y luego mi madre y ella jugaban a las cartas,  miraban la telenovela y  a menudo me incluían a mí en sus partidas de chin-chon. Después Alcira se iba a la Estación de autobuses. No tengo ni idea de cómo comenzó la amistad entre mi madre y ella. Alcira era una mujer vasta, a mí me llamaba la atención, ahora que lo pienso, que trabajara en un oficio que para aquella época era muy raro que lo haga una mujer. No sé decir si era una buena mujer, tampoco de que fuese mala, no.

De vez en cuando íbamos en familia el fin de semana a visitarla al pueblo y en vacaciones mi madre me mandaba quince días sola, a casa de Alcira y su marido, Ernesto. Una vez la invitaron a algo en la Iglesia del pueblo. Creo que debido a que éramos judíos, le pidió permiso a mi madre para llevarme y evidentemente mi madre se lo dio.

Recuerdo en casa de Alcira, preparándome para ir a la Iglesia, debía ser pequeña yo, quizás siete años o menos… No sabría decir si fue antes o después del día en el cual conocí el Mal en mi pequeña historia de salvación, pero se me hace que fue después, por el miedo que pasé. Estaba con Alcira en el dormitorio y ella se cambió en frente mío, me asusté mucho, a partir de ese día me cuidaba  mucho de no estar en el dormitorio mientras Alcira se cambiaba y menos su marido. Son cosas que en mi casa no sucedían.  Luego me acompaña el recuerdo yendo a la Iglesia, que era como en todos los pueblos, en la Plaza Mayor, donde también estaba el Colegio y la Municipalidad. El recorrido fue corto, Alcira vivía en la calle principal que era la única ancha del pueblo. Caminaba al lado de ella, nerviosa, sin saber ni entender nada. Me pregunto cuántas veces los niños caminamos así de solos y abandonados, al lado de los adultos sin saber ni entender nada.

Una vez dentro recuerdo que había mucha gente y que nos sentamos bastante detrás, porque desde allí no podía ver lo que sucedía, no podía ver a “ese señor” que ocupaba el centro de atención. Claro, era el sacerdote, nunca supe si estuve en un Bautizo o Confirmación, una Boda seguro que no. Veía a “ese Señor” muy mal, la gente me tapaba. Yo me afanaba en ver, sentía mucha curiosidad, pero era una misión casi imposible. Ahora estoy segura que fue después de ese día, porque quería entenderlo todo, tenía mucho miedo de pasar por tonta. Miraba a las personas e intentaba imitarlas, si se levantaban, yo me levantaba… pero en un momento vi que hacían algo raro, algo con sus manos en sus caras. Me habrá salido muy mal el signo de la cruz, porque de vuelta en casa con mi mamá, lo comentaron y se rieron de mí. Tengo el recuerdo que aludieron al asunto del judaísmo. Me dolió que se rieran de mí, yo me había esforzado por hacerlo lo mejor posible.

Pero más allá de mi madre y Alcira, jamás se borró de mi conciencia el momento en que me persigné, es un recuerdo especial, vivo, misterioso… no es alegre o triste, sino algo así como un aviso o caricia del Señor Jesús, que ya estaba conmigo. Seguro que a Dios le gustó.

Después de la Iglesia, fuimos a la casa de unos amigos de Alcira y Ernesto y estaban mirando en la tele una serie que se llamaba “El hombre que volvió de la muerte” Era de miedo, alguien dijo de cambiar el canal por mí, pero la siguieron viendo. Las imágenes me asustaron mucho y todo el camino de vuelta, sufrí imaginándome a ese monstruo aparecer de entre las sombras. El demonio me había herido… pero cuando tuve noticias de la Resurrección de Jesús, Dios y Hombre verdadero… ¿Dónde estabas Jesús? ¡Te amo! Tú, Cristo Jesús, eres el ayer, el hoy y el mañana, la Eternidad…

Dios me dio psicoanalistas, psicólogos, terapeutas, para mi necesidad de encontrar… ¡la verdad!

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A Santa Teresa le dio sacerdotes, a mí como no era hija de la Iglesia, no me los dio. A mí me dio psicoanalistas, desde los 18 años, hasta después del Bautismo… y después me volvió a dar psicólogos y no me quitó los sacerdotes. Eso que yo le había  dicho al Señor, en un rapto de amor, que ya nunca más iba a ir a la consulta de un psicoanalista, ni terapeuta, que desde “hoy” Él sería mi Terapeuta. Por aquella época yo mantenía un prejuicio sobre los psicólogos, me imagino que heredado de Argentina, donde triunfó el psicoanálisis.

Pues Jesucristo es Médico de las almas… pero su Voluntad iba a ser otra: Valerse de los Profesionales de la Psicología, como instrumentos de mi “caminito de sanación” Si, hace poco me consolé muchísimo pidiéndole prestado a santa Teresita del Niño Jesús lo de caminito, ella que es tan buena, me lo prestó muy alegre y contenta…

 camino en grises

A los 6 años un hombre desconocido… luego mi mamá, sin darse cuenta, asustándose mucho, profundizó la herida múltiple. 

No hay que  elucubrar, lo único importante es que esa experiencia desvió la ruta que hasta ese día andaba, mi vida cambió drásticamente e imprimió carácter en mi personalidad. Sin darme cuenta, comencé a dudar de la existencia del amor.

Al mismo tiempo, simultáneamente entró el Misterio, entró Dios, que es Amor y me acompañó siempre, a sol y a sombra. Aunque claro, como Él quiso y quiere… y querrá.

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El dolor se presenta, pero tardaré una vida para identificarlo y otra para digerirlo y otra y otra y todavía…

El dolor es un sentimiento que de por si lo llena todo y me deja muda.

El dolor, el amor…  se envuelven el uno al otro. El amor al dolor, el dolor al amor.

Lo que pide el alma cuando se presenta el dolor, es que le abramos las puertas de nuestro corazón y le hagamos espacio.

El dolor necesita espacio en nuestra conciencia, para darnos cuenta qué nos duele y tiempo para vivirlo y desahogarlo…

Lo importante es que quede clarísimo que así entró Dios en mi vida,  haciéndose compañero de camino, animándome a seguir buscando la verdad, así, así… Sígueme, como a los discípulos.

No fui yo que le busqué.

Mis padres iban a la Sinagoga sólo los días señalados, Rosh Hashaná , Iom Kipur , para los Bar Mitzba que nos invitaban, cuando fue el de mi hermano y para los casamientos… Pero en mi casa no se hablaba de Dios.

¡Mis padres no eran creyentes!

Dios y la Virgen su Madre vinieron a mi corazoncito, en silencio y su amor me movió, alimentó mi deseo de saber. Así sin entender entendiendo, fui emprendiendo mis búsquedas a la espera de la verdad. Muchísimas veces me siento aun hoy casi derribada, me quedo casi sin aliento y Dios me levanta.

Hoy es claro como el día, aunque es de noche, porque gracias a Él, ya soy hija de la Iglesia.

El camino hacia Israel no es de rosas sin espinas.

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En el Shil

 

Haciendo un esfuerzo de memoria, me veo con unos 16 años bajando esas escaleras del fondo del hall. Reconozco que las bajaba bastante excitada por alguna razón, pero la olvidé. Excitada, alarmada. Mi rostro medio desencajado, quizás quería llorar… Esas mismas escaleras, creo que las volví a subir muchos años después, para los preparativos de mi casamiento con Sergio.

Entonces antes de llegar al final, levanté la vista y sobre la pared frontal vi una hermosa lámina de bellos colores y de cálidas tonalidades . En ella estaba fotografiada con gran nitidez una rosa, con su tallo y sus hojas. La rosa era preciosa, pero tan preciosa era ella como tan visibles sus espinas. Había una frase escrita en la lámina, que decía algo así como:”No te prometí que el camino a Israel sería un camino de rosas sin espinas”

Rosal

Yo no sabía  de los caminos del Espíritu Santo, pero desde hoy reconozco que se me metió directo al alma. “No iba a ser fácil, en el camino encontraría espinas”… por supuesto que no entendía nada, pero fue una respuesta que en ese momento me tranquilizó. Como una instrucción de Dios Padre.

Debió de ser así, porque obró en mi el bien, la conformidad.

Esa lámina en el Shil, hacia referencia a la “aliá”, palabra hebrea que designa el acto de un judío que vive en la diáspora, al irse a vivir a Israel. Era propaganda sionista. En mi adolescencia fui muy sionista y daba por seguro que iba a hacer aliá. No era conciente que mi dolor era tan fuerte, que no iba a poder en la mayoría de los casos hacer lo que quería. Pero ¿no nos enseñaron desde pequeños que por ejemplo un palo tiene varias utilidades? Pues así esa lámina, en los designios del Señor, tuvo otra utilidad.

Israel ahora sé que es para nosotros, Iglesia Católica, el Reino de Dios, el Paraíso, el Cielo, la felicidad. Y es un camino de rosas reales, en el que también hay espinas, dolor, frustración, cansancio… Cruz  ¡Bendito el que pende de la Santa Cruz! Porque nos atrae a la vida real, donde hay lucha, esperanza, fe, amor. ¡Alabado sea Jesucristo! ¡Bendito y Alabado!

La tormenta

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Fragmento del 4ª Parte de la Suite “El Gran Cañon del Colorado” de Grofe

Mi madre dijo un día…

¡Gaby! Andá a comprar manteca…

Esto creo que fue después del pederasta, poco tiempo después, pues aun no nos habíamos mudado. Entonces tendría yo entre 6 o 7 años. Recuerdo que la tienda donde vendían la manteca (mantequilla) era cerca de casa, pero… se acercaba una tormenta. Parecía que a mi madre no le preocupaba, quizás pensaba que todavía faltaba mucho para que llegase. Así que salí de casa.

Comencé a andar por el largo pasillo hasta la puerta de calle. Ahí siempre estaba el fantasma. Pasé corriendo, como siempre con muchísimo miedo y salí a la calle.

Las tormentas venían siempre en nubes oscuras que se movían con rapidez. Casi siempre con mucho aparato eléctrico, relámpagos, rayos y truenos… creo que a pesar del temor que me daban, ya desde pequeña me gustaban mucho. Duraban un rato, no sé, quizás 3/4 de hora o 1/2, a lo sumo…

La verdad es que tengo me parece que el día del pederasta había sido hace poco, porque estaba muy asustada cuando me vi sola en la calle caminando hacia la tienda para comprar la manteca. Comencé a repetir, manteca, manteca, manteca… para no olvidárme el recado, como en un spot televisivo. Habría comenzado a llover y a escucharse los truenos casi sobre mi cabeza. Debía volver a casa me decía a mí misma, pero seguí caminando, seguro que ya me estaba empapando.

Entonces delante de mí vi una gigantesca nube, era como un tornado grande, como un edificio de 30 pisos… ¡Así es mi recuerdo! Desde la Nube salió una voz que me dijo: “Vuelve a casa”. No hizo falta que lo repitiese otra vez, de inmediato di media vuelta y salí corriendo rápido desandando el camino.

Atravesé el pasillo y mi madre abrió la puerta y me cogió de la mano, me metió para dentro y de inmediato cerró las puertas y ventanas que daban al patio con persianas y todo.

La tormenta era de las muy fuertes…

(Esto parece un sueño, pero no fue un sueño. Parece una fantasía, pero tampoco fue una fantasía. ¿Había Alguien que me cuidaba? Me pregunté  y no entendí nada, pero Ese me quería, “me mandó para casa”… Ya de mayor, cuando me dediqué a la pintura, hice un dibujo de “esa Nube”. La Nube que acompañó al Pueblo Judío por el Desierto, me recordó  siempre la Nube de la tormenta de cuando mi madre me mandó a comprar manteca y luego me metió para casa y cerró puertas, ventanas y persianas, porque la tormenta fue muy fuerte. Parecía como que mi madre sabía que volvía.)

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